| |
JOE BATAAN, UN CHICO DEL
“BARRIO”.

La historia de Peter Nitrollano Bataan siempre estuvo marcada por las inadaptaciones. Bataan había nacido en 1942 en Nueva York. De padre filipino y madre puertorriqueña, comenzó cantando reggae , ska y mento en las calles. Era pandillero en 1960 cuando fue encarcelado por robar automóviles. Y en la cárcel aprendió a tocar el piano. Cuando salió de la prisión estatal de Coxsackie decidió dedicarse a la música y se hizo famoso muy pronto, desde el 65, cantando con su grupo The Latin Swingers, en bares de la Calle 98.
En 1968 este chico maravilla, al que seguía una oleada de jóvenes afroamericanos adonde quiera que fuera, acabó convertido en el centro de una disputa discográfica entre Jerry Masucci, dueño de Fania, y Morris Levy, que aparte de Tico y Alegre, poseía Mardi Gras y Roulette, y era el hombre más poderoso de la industria latina. Ambos sabían que Bataan era una mina de oro y ninguno estaba dispuesto a ceder. Levy decía que con sus sellos la carrera del chico se podía disparar. Pero Masucci, aunque temeroso de un atentado por parte de Levy y los secuaces mafiosos que decían que tenía, logró un acuerdo verbal.
Masucci sabía que la palabra poco importaría en caso de hacerse más grande el problema o de entrar más dinero en las ofertas, de modo que casi obligó a Bataan a firmar un preacuerdo. Levy no supo nada hasta que a la vuelta de dos meses Joe Bataan grabó su primer disco con la firma de su rival ubicada en la Octava Avenida. Se titulaba Gipsy Woman y la canción que daba nombre al disco, compuesta por Curtis Mayfield, fue un éxito arrollador, que llegó a superar a los tres anteriores éxitos del boogaloo: El Watusi, Micaela y Boogaloo Blues.
En un período de cuatro años Bataan, con una imagen que iba y venía del underground neoyorquino, lanzó diez temas que alcanzaron los diez primeros lugares del hit parade en la ciudad, entre los que cabe destacar: Special Girl, Uptown, Aguanta la Lengua, What good is a castle? y Puerto Rico me llama. Su éxito dependió, sobre todas las cosas, de su enorme carisma. En ese momento muy pocos músicos latinos podían rivalizar con alguien que, además, decía las cosas con sentimiento, como si fueran suyas. Y suyo era el sufrimiento y la derrota.
Por eso, en su siguiente disco, Subway Joe, en cuya carátula aparecía casi indefinido en medio de la noche, cantó Triste y Ponte en algo. Tras una serie de discusiones con Masucci y la posibilidad de rescindir el contrato por incumplimiento, grabó Riot! Y el impacto que produjo fue superior a todos los anteriores. Con el tema Ordinary guy, Bataan se ponía a la altura del barrio y sus desventuras, mientras que con My Cloud rebasaba las fronteras de los sonidos afrolatinos para alcanzar el hit parade del pop internacional. Todo eso sin contar el mayor éxito de la grabación: I’ts a good feeling (Riot!).
Para entonces ya lo apodaban Mr. Soul y sus presentaciones podían rivalizar perfectamente en energía con las de James Brown. Para la comunidad del Spanish Harlem, por su parte, Bataan era “El rey del bógalo”, lo cual, en términos de afecto, equivalía a ser el representante más auténtico de la comunidad latina. La grabación de Poor boy simbolizó aquella posición, sobre todo por temas como Pepe, el Toro, Freedom o Sad Girl. Pero, como había que seguir conquistando también el corazón del gran público del soul, tras el latino Poor boy, el cantante y pianista grabó Singin’ some soul, absolutamente ácido y con un tema que definía su entrada en las ligas mayores: I’m no stranger.
En 1971, y sabiendo que llegaba por igual a ambos públicos, Bataan se autodenominó “Mr. New York”. Cambió el nombre del grupo y convocando a gente como el multiinstrumentista Bobby Rodríguez y el trombonista Eddie Hernández, pasó de llamar a su grupo Latin Swingers a denominarlo The East Side Kids. Con la producción de Johnny Pacheco, el nuevo disco se tituló Mr. New York and The East Side Kids, con unos soberbios números como My opera y Es tu cosa.
El club de fans de Joe Bataan era, para entonces, el más activo de toda la ciudad, debido al instinto de fidelidad que despertaba el músico. Su mano derecha, por citar un ejemplo, llevaba con él desde que salió de prisión: el timbalero Eddie Nacer. Junto a él, con Rodríguez y Hernández, se grabó Sweet soul para el gran público y con dos temas contestatarios: Johnny,s no good y la adaptación de la banda sonora de la exitosa película y serie televisiva Shaft.
Y más tarde llegó su mejor producción: Saint latin’s day massacre. La carátula mostraba a toda la banda recreando la famosa matanza del día de San Valentín en el Chicago de 1929. Y ese disco incluyó el clásico de Chales Trenes, I wish you love, dividido en dos partes, y el popular Para Puerto Rico voy.
Pero cuando mayor era la popularidad de Bataan, decidió dejar a Fania. Su nuevo contrato lo realizó con Salsoul, que decidió inaugurar con él un nuevo estilo de producción. Por eso, el disco de The East Side Lids se tituló Salsoul. Bataan seguía on the groove, aunque el sistema de difusión no fue el mismo y eso acabó por hundirlo. Dejó de sonar en las emisoras de radio y las ofertas de presentaciones en directo no volvieron a llegar a su oficina. El insistió hasta donde pudo, y se movió entre nuevos ritmos como el hip hop, pero la avalancha ya esta allí. La salsa lo sepultó ante el público latino, mientras que para los demás no había dejado de ser nunca un músico de corte Caribe.
Bataan no era Lou Donalson, que se pudo dar el lujo de entrar y salir del boogaloo sin que afectara a su carrera. Tampoco era uno de esos músicos de rhythm and blues que a finales de los años cincuenta tocaron mambo un tiempo y volvieron a lo suyo. No era Perry Como, ni Wynone Harris, ni Willie Winfield, sino apenas un chico de barrio que aprovechó como nadie lo mejor de una época.
Ya lo había dicho Joe Quijano, el joven pero veterano músico de la era de la pachanga y las descargas, y quien también había grabado varios temas de boogaloo y shing-a-ling como tantos otros contemporáneos suyos: “Lo del boogaloo, eso pasará. Yo sigo con mi montuno para gozar.”
Extraído de: “Oye como va…” por José Arteaga. |
|