Los temas de éste sexteto sorprendían por la eficacia del formato; la rabia, el amor y la guapería estaban presentes en cada corte de forma coherente; en los arreglos, en la forma de tocar los instrumentos, en las letras y, en conjunto, por un ritmo contagioso y excitante para el baile y el vacilón.
Los músicos de Joe Cuba Sextet demostraban que, en música, lo que cuenta es tener algo vívido que decir y no la cantidad de instrumentos o la formación y virtuosidad de los músicos. En sus primeras grabaciones eran evidentes las carencias técnicas y/o virtuosas de los instrumentistas, pero esta evidencia quedaba en un segundo plano ante la fuerza, la honradez, la alegría y la rabia del combo a la hora de atacar cada tema. Esta misma "carencia" la tuvieron muchos músicos y orquestas del movimiento salsero, pero el sonido "pobre" o "barato" era, de suyo, legitimo en una expresión nacida en el barrio. En este sexteto se inició Cheo Feliciano como cantante sonero, cantó para Joe Cuba durante diez años y más tarde conquistó la gloria con las Estrellas Fania y con su propia orquesta.
A principios de los años sesenta, Joe Cuba enfiló el ritmo de la pachanga con gran fuerza y acierto, llegando a ser uno de los grupos más solicitados por los bailadores. A mediados de la década asumió, como otros, la moda del boogaloo y llegó a vender, al igual que Ray Barretto y Tito Rodríguez, más de un millón de copias de sus discos. Con sus temas "Bang, Bang" y "El pito" hizo tambalear el soul y otros ritmos anglosajones que se disputaban el mercado latino y afroamericano. En esos años, la comunidad latina empezaba a tener una presencia muy incomoda para el Tio Sam y, de repente, el barrio apareció infestado de heroína con todas sus nefastas consecuencias; la comunidad perdió fuerza, los músicos cayeron en el vicio y el imperio ganó tranquilidad.
El boogaloo quedó eclipsado por el nuevo sonido de la salsa. Joe Cuba trató de adaptarse a la nueva expresión, pero no logró destacar. Hizo experimentos con el latin-funky en el que grabó alguna pieza curiosa y nada más. Sin embargo, su música grabada y gozada hasta finales de los años sesenta está ahí, como un testimonio sonoro que permite entender la génesis de la salsa y las urgencias y alegrías del Caribe de ayer y, cómo no, el de hoy. Gracias, Joe!!!
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