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EL LIBRO DE LA SALSA
Su estilo y estructura, enormemente atractivos, han influenciado notablemente otras obras que han estudiado temas similares (pienso, por ejemplo, en la también imprescindible ¡Caliente! Una historia del jazz latino, de Luc Delannoy). Lo que también hace muy interesante el libro es que el conocimiento de Rondón no le deja ningún espacio a la complacencia: el ánimo crítico se encuentra por doquier. El libro se centra, fundamental pero no únicamente, en la escena musical latina de Nueva York desde los años cincuenta hasta finales de los setenta. Inicia con el relato del ascenso en la escena de la ciudad de las Big Band latinas, entre las que el predominio pertenecía a un triángulo decisivo: las orquestas de Machito, Tito Puente y Tito Rodríguez. Ellas son el vértice sobre el que gira, aunque no se descuidan otras expresiones musicales, especialmente la gran influencia cubana. La decadencia de esas grandes bandas, el refugio de Rodríguez en el bolero, de Machito en el jazz, el ocaso de los grandes salones de baile, y hechos políticos como la revolución cubana y el aislamiento de la isla provocaron que hubiera una necesidad de renovación en el panorama latino. En ese punto, por 1966, es cuando surge la salsa de la mano de Eddie Palmieri. Tres características encuentra el autor en la nueva expresión: "1) el uso del son como base principal de desarrollo (sobre todo por unos montunos largos e hirientes); 2) el manejo de unos arreglos no muy ambiciosos en lo que a armonías e innovaciones se refiere, pero sí definitivamente agrios y violentos, y 3) el toque último del barrio marginal: la música ya no se determinaba en función de los lujosos salones de baile, sino en función de las esquinas y sus miserias; la música no pretendía llegar a los públicos mayoritarios, su único mundo era ahora el barrio; y es este barrio, precisamente, el escenario que habría de concebir, alimentar y desarrollar la salsa." (Dicho sea de paso: considero que ese carácter de barrio es el que hizo tan fuerte a la salsa en el movimiento sonidero de México, ya que si en algún lugar se la baila bien y con pasión es en las calles. Finalmente, como establece Rondón, "Salsa implica barrio.")
La salsa, de música eminentemente popular, se fue convirtiendo en un producto muy atractivo para los grandes mercaderes. De allí que el libro también se ocupe del desarrollo de la principal compañía disquera que tanto impulsó como aprovechó el momento: Fania Records, la creación de Jerry Masucci y Johnny Pacheco. Aunque previamente existía otros importante sellos latinos -Tico y Alegre-, Fania fue el sello en donde, con muy pocas excepciones, crecieron las figuras salseras más significativas: Celia Cruz, Larry Harlow, Pete Conde Rodríguez, Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Ismael Miranda, Cheo Feliciano, Ray Barreto, Roberto Roena, Ricardo Ray y Bobbv Cruz, etc. Como anota Rondón, la Fania "sin más, sería por excelencia la compañía grabadora de música de salsa; y el boom que pronto se desataría es su mérito y su desgracia." Si bien la compañía puso sus esperanzas y apoyo a muchos músicos -empezando por el quinceañero Colón-, también terminó siendo un cuasi monopolio que explotó sin miramientos a muchos de ellos.
Pero al lado de la historia de la Fania y sus artistas -cabe mencionar que muchos de éstos acabaron saliéndose en cuanto pudieron de la compañía por el maltrato de que fueron objetos-, Rondón toca muchas otras orquestas y bandas que al margen del cuasi monopolio disquero salsero realizaron un trabajo más que meritorio en el desarrollo de la salsa: desde el casi subterráneo Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorquino hasta la mucho más famosa Dimensión Latina, de donde saldría el salsero mayor, Oscar D' León -uno se queda con las ganas de que el autor hubiera dedicado más espacio en su Coda a la apoteósica gira de Oscar por Cuba allá por 1983, en la que, como dijo Albita Rodríguez, el salsero venezolano les redescubrió la música cubana a muchos cubanos, especialmente a los jóvenes-. Antes de la breve Coda, la parte fuerte del libro cierra con el fin del boom salsero neoyorquino, cuya gran época concluye con la aparición del que es, a mi gusto, el mejor disco de salsa que se haya hecho: Siembra, la obra maestra de Willie Colón y Rubén Blades, dos de los más grandes de la salsa. Ya desde entonces, y como se demostró posteriormente, en las composiciones del panameño se marcaba el rumbo de la mejor salsa de los años siguientes. Como decíamos al principio, esta es una edición de lujo, con grandes fotografías que acompañan y apoyan el magnífico texto -de la antigua edición falta una extraordinaria de los grandes años de Fania: en un concierto, alineados, aparecen compartiendo el escenario cuatro leyendas inmarcesibles: Feliciano, Lavoe, Blades y Celia Cruz-. Libro caro que desquita plenamente su precio, no debe faltar en la biblioteca no sólo de los salseros sino también en la de cualquier melómano que se respete. Para ponerlo más al alcance de su público natural, la gente del barrio, no estaría nada mal que la editorial pensara en una edición en rústica.
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